Hace muchos años, cuando era tan sólo una niña, él me enseñó a viajar. A viajar de muchas formas diferentes. Incluso dentro de mi propia rutina. Incluso dentro de mi propia ciudad. Un día se compró un Willy’s. Un viejo todoterreno que había vivido hasta una guerra. Y que arrancaba cuando quería. Era invierno. Al amanecer, solíamos ir a buscar viejos troncos a El Puntal para la chimenea. Recuerdo la playa absolutamente desierta, con una bruma baja. Las gaviotas reposaban tranquilas. “Súbete al capó si quieres y las hacemos volar”. Era la frase mágica que siempre esperaba. Y ahí me subía. Emocionada. Con el corazón latiendo a mil por hora. Como un ruidoso tambor que retumbaba en mis oídos. Entrábamos por Loredo, llegábamos hasta la punta, y salíamos por Pedreña. Recuerdo cómo reía sin control al oír el rugido del motor. Recuerdo la sensación de absoluta libertad. Aún puedo ver aquellas gaviotas. Las veo. Cómo iban despegando con su elegante vuelo, apartándose a nuestro paso. Aún puedo sentir cómo volaba junto a ellas. Junto a él. Gracias a él. Que ha sido siempre un loco maravilloso. Con él he recorrido cada paso, cada momento. Siempre de una forma diferente. Entendiendo que lo que hacía era único y especial. Y que así debía ser vivido.
Viajando, incluso sin viajar. Me ha hecho recorrer cada calle de mi ciudad. Cada atajo. Cada rincón. Andando. En bicicleta. En coche. En moto. Todo valía. Todo vale. “Ten curiosidad, muévete, conoce sitios, conoce gente, aprende, sal de tu barrio, sal de tu entorno, sal de tu rutina, crece”. Explora. Vive. Viaja sin viajar. Y tengo que darle las gracias. Porque hoy, 30 años después, no deja de sorprenderme. Hace unos días me llevó a un sitio tan hipnotizante, que parecía un paisaje lunar. Uno de esos sitios que sólo él sabe encontrar. Desierto. Sólo para nosotros. Únicamente compartido con una manada de caballos. Imposible no acordarme del Willy’s, de mi infancia, de aquellas gaviotas. Me bajé del coche, para contemplar el espectáculo. Me acerqué a uno de los caballos. Y ahí, en la más completa soledad, no pensé en nada. En absolutamente nada. Mi mente se quedó en blanco. Sólo tenía ojos para aquel lugar. Sólo tenía ojos para aquel impresionante animal. Y me sentí profundamente agradecida, de poder estar ahí. De poder estar con él. De tenerle a mi lado. Y me sentí profundamente agradecida, porque hace muchos años, cuando era tan sólo una niña, él me enseñó a viajar. Aún hoy, lo sigue haciendo. Gracias padre. Texto & Foto: Belén de Benito (17)
0 Comments
Leave a Reply. |
AuthorBelén de Benito Archives
April 2018
|