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Me encantaría que lo supieras. Archives December 2016 Hace muchos años, cuando era tan sólo una niña, él me enseñó a viajar. A viajar de muchas formas diferentes. Incluso dentro de mi propia rutina. Incluso dentro de mi propia ciudad. Un día se compró un Willy’s. Un viejo todoterreno que había vivido hasta una guerra. Y que arrancaba cuando quería. Era invierno. Al amanecer, solíamos ir a buscar viejos troncos a El Puntal para la chimenea. Recuerdo la playa absolutamente desierta, con una bruma baja. Las gaviotas reposaban tranquilas. “Súbete al capó si quieres y las hacemos volar”. Era la frase mágica que siempre esperaba. Y ahí me subía. Emocionada. Con el corazón latiendo a mil por hora. Como un ruidoso tambor que retumbaba en mis oídos. Entrábamos por Loredo, llegábamos hasta la punta, y salíamos por Pedreña. Recuerdo cómo reía sin control al oír el rugido del motor. Recuerdo la sensación de absoluta libertad. Aún puedo ver aquellas gaviotas. Las veo. Cómo iban despegando con su elegante vuelo, apartándose a nuestro paso. Aún puedo sentir cómo volaba junto a ellas. Junto a él. Gracias a él. Que ha sido siempre un loco maravilloso. Con él he recorrido cada paso, cada momento. Siempre de una forma diferente. Entendiendo que lo que hacía era único y especial. Y que así debía ser vivido.
Viajando, incluso sin viajar. Me ha hecho recorrer cada calle de mi ciudad. Cada atajo. Cada rincón. Andando. En bicicleta. En coche. En moto. Todo valía. Todo vale. “Ten curiosidad, muévete, conoce sitios, conoce gente, aprende, sal de tu barrio, sal de tu entorno, sal de tu rutina, crece”. Explora. Vive. Viaja sin viajar. Y tengo que darle las gracias. Porque hoy, 30 años después, no deja de sorprenderme. Hace unos días me llevó a un sitio tan hipnotizante, que parecía un paisaje lunar. Uno de esos sitios que sólo él sabe encontrar. Desierto. Sólo para nosotros. Únicamente compartido con una manada de caballos. Imposible no acordarme del Willy’s, de mi infancia, de aquellas gaviotas. Me bajé del coche, para contemplar el espectáculo. Me acerqué a uno de los caballos. Y ahí, en la más completa soledad, no pensé en nada. En absolutamente nada. Mi mente se quedó en blanco. Sólo tenía ojos para aquel lugar. Sólo tenía ojos para aquel impresionante animal. Y me sentí profundamente agradecida, de poder estar ahí. De poder estar con él. De tenerle a mi lado. Y me sentí profundamente agradecida, porque hace muchos años, cuando era tan sólo una niña, él me enseñó a viajar. Aún hoy, lo sigue haciendo. Gracias padre. Texto & Foto: Belén de Benito (17) Cada tres meses. Justo cada tres meses. Cuando empieza la nueva estación, voy a ese lugar. Lo hago siempre. Me lo apunto en mi agenda mental. “Me toca ir a la ventana”. Y allí me planto. Me apoyo en la pared que hay en el edificio de enfrente. Y observo. En silencio. Suelo estar bastante tiempo. Mirando detenidamente lo que ha cambiado. Miro la hiedra. Esa hiedra que es como una metáfora de vida. Esta vez, majestuosa. Brillante. Multicolor.
Voy ahí para no olvidarme. Voy ahí para recordar. Para ser consciente de que cada momento es único. Los colores mágicos del otoño, las esculturales raíces a la vista del invierno, la vuelta a la frondosidad de la primavera, y el esplendor del verano. Todo tiene su momento. Todo. Y cada momento es igual de especial. Y ahí me espera ella. A veces abierta. A veces cerrada. A veces traslúcida. A veces opaca. A veces con gente. A veces solitaria. Como yo. Como las distintas etapas de mi vida. Y mirarla me tranquiliza. Esa ventana es parte de mi infancia. Recuerdo cuando mi madre me llevaba a esa calle. Fue ella la que me enseñó a disfrutar del transcurrir de la vida a través de esos cristales. Con mi merienda de pan con mantequilla y azúcar en la mano. Entonces la ventana solía estar siempre abierta. Y de su interior salía un hipnotizante sonido de piano. Recuerdo sentir el viento en mi vestido. El tacto de la mano de mi madre agarrando la mía. El olor de alguna chimenea encendida. Hasta el sabor de aquel bocadillo. Porque los buenos recuerdos se sienten, se palpan, se huelen, se ven, y hasta se saborean. Porque esas pequeñas cosas que hacías con tus padres, esas pequeñas cosas que parecían no tener importancia, eran las que verdaderamente importaban. Son las que verdaderamente importan. Así que para no olvidarme, para recordar, esta semana me llevaré a mis hijos. Les cogeré de la mano. Y les contaré la maravillosa historia de “mi ventana”. Y volveré. Desde ahora, con ellos. Cada tres meses. Justo cada tres meses. Texto & Foto: Belén de Benito (17) Hay gente que tiene algo especial. Cada uno lo llama a su manera, unos dirán alma, otros estrella, otros aura. Lo cierto es que hay personas que desprenden una luz distinta, que te atrapa, que para el tiempo con su presencia. Es algo que no se compra, que no se vende, que no se pretende. Se tiene, o no se tiene. Y la cámara eso lo capta. La cámara no se deja engañar, ni engaña. Vi esa luz hace unos días en Sevilla, era camarero. Foto & Texto: Belén de Benito (17) Si alguien me ha quitado las verguenzas en la vida ha sido él. Me refiero a esas verguenzas tontas que tenemos en la vida. A decir las cosas, las buenas, y las malas. A expresar con total libertad mis sentimientos y mis ideas . A contestar un “no lo sé” a una pregunta sin complejos. A disfrazarme. A vestirme como me diera la gana. A llevar el pelo como quisiera. A decir no cuando quiero decir no, y que eso no me supusiera ningún problema. A buscarme ante el espejo y aceptarme. A mirar siempre a los ojos. A reirme de mis problemas, de mis circunstancias, de mis penas, de mis tristezas, del concepto de la vida, y de la muerte, de mi misma. El otro día buscando una foto para “Rojo” de Cuestionarte, decidí dejar de buscar, y crearla con él. Me metí su nariz roja de payaso en el bolsillo y fuí a su encuentro. Paró todo lo que estaba haciendo, se cubrió de blanco y disfrutó como un niño, como lo que ha sido, es, y será siempre. Sin complejos, sin miedos absurdos, sin verguenzas. Hace poco, un buen amigo me preguntó con cierta curiosidad: “¿No te da verguenza expresar tus sentimientos de una forma tan abierta?". Mi respuesta fue inmediata: “Me daría verguenza no hacerlo”. A todos los que esta semana me habéis preguntado por el significado de esta foto, que habéis sido muchos, este es el significado. Ante vosotros un hombre que sabe reirse de si mismo y mostrarlo sin pudor. Ojalá yo llegue a ser así algún día. Debe ser una liberación tan grande. Gracias padre por ser tan, tan, tan inmenso, y compartir mis locuras. Te quiero. Foto & Texto: Belén de Benito (17) Mi padre me llevaba siempre al colegio. Me dejaba en la misma puerta donde estaban todos mis compañeros. No tenía porque hacerlo, pero lo hacía. Cuando cumplí 13 años decidí que eso no "molaba" nada. Me daba hasta verguenza. Con mi mentalidad hormonada razoné, curiosamente, que lo bueno era llegar andando. Cosas incomprensibles de esas edades. No busquemos razones. No las hay. Asñi que, con la chulería típica de esa edad, preparé una historia para conseguir ir en coche, que era lo cómodo, pero no parecer que llegaba en coche. Será fácil, pensé. “Papá, mira, que no te quiero hacer entrar en el cole, que hay siempre mucho atasco, mira, déjame ahí arriba, en la esquina de la calle, ¿vale?” . Mi padre me miró y sonrió sin enseñar los dientes. Y zanjó mi pregunta con un escueto “Vale, lo que tú quieras cariño”. Jaque mate, pensé. Al día siguiente le estaba esperando a la salida del garaje para que me llevara. Vi salir una furgoneta destartalada azul añil, con un enorme rótulo amarillo que rezaba “Papel Higiénico”. Era mi padre. Esta vez sonreía enseñando todos y cada uno de sus dientes. Bajó la ventanilla y dijo: “Tengo el coche arreglando, ¡pero mira qué suerte que me han dejado "ésto" para llevarte!”. Estaba claro que estaba disfrutando. Abrí la puerta y no tenía asiento. Era una furgoneta de carga. “Siéntate como puedas, encima de los cartones, que el suelo mancha, cariño”. Me quedé en cuclillas para no mancharme. Desde la ventanilla parecería que iba sentada, pensé. Antes de arrancar, durante el trayecto, y cuando estábamos llegando, repetí compulsivamente: “Recuerda dejarme en la esquina, que hay atasco”. Él no hablaba, seguía sonriendo, con sus dientes reluciendo como nunca. Y en ese momento lo supe, supe que me no dejaría en la esquina, supe que no tenía el coche arreglando, y supe también, que esa cochambrosa furgoneta había sido seleccionada escrupulosamente. Y que esa sonrisa hablaba sin abrir la boca. Así que me dejó en la misma puerta del cole, y se bajó con su impecable traje para abrirme la chirriante puerta, porque yo era incapaz de hacerlo. Mi cuerpo en cuclillas quedó entonces visible justo bajo ese horrible rezo de “Papel Higiénico”. Todos me miraron. Él saludó a toda la gente allí reunida con un “¡Hola Chicos!” bien alto, por si no nos hubieran visto todavía. Todos le saludaron. Inconcebiblemente uno se acercó para decirme: “Cómo mola tu padre”. Mientras subía la escalera oí tu despedida a claxonazos “pipiripipipiiipiiiiiiii”. Miré y te vi saludando por la ventana con la mano, sonriendo ampliamente. Ahora sí, pringada, ahora sí. Jaque mate. Y todos los complejos se me quitaron de golpe. Gracias padre, por enseñarme tanto. Foto & Texto: Belén de Benito (17) |
AuthorBelén de Benito Archives
April 2018
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